
La pantorrilla al desnudo de Elizabet en la ducha. Las gotas gordas se destruyen por dentro y caen en lentos racimos de cristalina agua. Aparece la sombra de un hombre del otro lado de la puerta del baño, tapado entre el vapor de la ducha y el vidrio. El hombre abre la puerta despacio.
El redondo y puntiagudo pezón de Elizabet es besado por la lengua del hombre de manera suave como se besa a una hija en la frente. Se escucha la voz “Off” del hombre y de Elizabet.
Hombre
-No va a parpadear-
Elizabet
-¿Mi pezón?-
Hombre
-tú estrella-
Elizabet
-Nunca me amaste-
Hombre
-Es una hermosa posdata-
(Basado en un fragmento del poeta Alejandro Berón Díaz)
servido por Damián
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la pollera de verónica.
mirando a verónica recostada en un sillón como una puerca todo el día. me acerque y le dije: -no hace falta con saberse un todo, a veces sobra con lo mínimo- la tome de la cabeza y le reconstruir la cara de adolescente en desgracia a puro puñetazo, liftn natural pensaba, mientras el puño derecho de mi mano no paraba de atar la distancia con una baba de sangre que elásticamente se agrandaba y achicaba por la fuerza del golpe. tuve espanto cuando en el piso, tirada, la pobre, lloraba enrojecida. tenia rabia. le dije -vos tenes rabia-. intentó recuperarse, puso una mano aquí, la otra mano allá, pero fue inútil. mi pierna dio un golpe fino, sutil como saquito de té sobre el brazo indefenso de verónica que intentaba extenderse, formando un puente entre su cuerpo y el suelo. al piso toda su gracia grasa. me sale automáticamente, ahora esta ahí en sangre viva y suspira. me transpira toda la gordita. tiene puesto ese vestido celeste que parece una bandera, una propaganda de la serenísima, una bolsa llena de pescados que se salen por los costados. siempre me gustó el olor de los pescados, y ellos en el sentido corporal de las cosas, también, siempre nadando pese al molesto movimiento del mar. hay que decirlo: el mar apesta. el laburo apesta, todo el día trabajando y ella nada como si la cocina de la casa fuera una pecera y el televisor su porción de agua. me pasa que no puedo dejar de pensarme y por eso me sale todo para la mierda. ahora ella se escapa e intenta agarrar un cuchillo, cualquier cosa filosa, yo la conozco. el puntín de mi zapato se acuerda de su trinchera de fútbol, cuando las cosas se ponían complicadas y beto pedía la pelota desesperado, y sólo para cagarnos a trompadas, la tiraba a la mierda. gool en los ojos. vero queda con la cara detenida en el tiempo, un segundo afuera de orbita, sacudiendo de una patada toda la nariz, ahora sí, lifth natural y a cobrar. calló redonda al piso. quise ponerle una pequeña zanahoria, una presa fácil, hacerle picar el gusano, y al bajarme el cierre del jeans, mostrarle toda mi sabiduría. ella ya no. ya no podía. dormida le bese los copos de sangre. tengo miedo. se lo dije al otro día de la paliza. tengo miedo que mañana se vaya y deje tirado todo el entrenamiento, la guacha tiene alma de jugador de fútbol, entonces llegan los clubes europeos y se la llevan, sólo para patearle la cara. no quiero gordita que un día te vayas y después te des cuenta que nadie te quiere como yo. no le importó. a los dos días se fue a la casa de su amiga. ahora viven solitarias, la gorda tirada, todo el día en el sillón, mirando la tele, la amiga le cambia los canales.
servido por Damián
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Llueve. Calle inundada. Algunas hojas secas se chocan con la basura que tapa el desagüe. María cruza la calle con dos bolsas blancas llenas de comida. No lleva paraguas. Una bolsa cede de un lado y cae la lata de paté de camarones y algunas frutillas en el empedrado. La corriente de agua arrastra las frutillas hacia la alcantarilla. Un espeso vapor sale de la boca de tormenta que traga agua, basura y frutillas.
Título: ¿Ladran los perros bajo el agua?
María se seca con una toalla blanca el pecho. Rosa, con un derby suave en la boca, toma el repasador colgado y del horno plateado saca el biscochuelo, lo deja en la mesa. La cocina es grande y abunda en puertas y cajones plateados. Cocina moderna. Rosa se sienta en una silla de madera barnizada, fuma sin sacarse el cigarro de la boca. Suena el portero. María secándose la nuca, atiende y escucha por el rebotero una voz agitada
– Berta y Compañía- (de fondo, risas entrecortadas)
María aprieta un botón, corta y mira a Rosa
– ¿Te avisaron que la Srita Berta venía con alguien?-

Rosa no contesta, se levanta y abre una puerta de la alacena, saca un plato. María toma una bandeja. María agarra los cubiertos, los pone arriba del plato y se lo quita a Rosa, toma la servilleta y el vaso. Por la puerta delgada que da al comedor, sale María. Al abrir la puerta se filtran apenas murmullos de una conversación delicada y elegante. Rosa sentada fuma. Vuelve a entrar María apurada, abre uno de los cajones metalizados y saca un tenedor de ensalada. Sale de la cocina. Rosa sentada fuma.
Trece platos y varios juegos de cubiertos y cucharas tirados en la honda pileta que reflejan las manos de María que abre la canilla, cae el chorro de agua cristalina. Agarra la esponja y le echa una gota de detergente, la aprieta con sus dos manos. Aprieta, aprieta fuerte la esponja, aprieta y una espesa espuma blanca, cada vez más intensa, aumenta en espuma y espesor, mientras, por debajo de su mano, el humo del agua caliente se eleva hasta llegarle a los entumecidos ojos marrones. Los pequeños restos de comida van a parar al triturador que despedaza la grasa junto a las verduras y algunas colillas de cigarros. Una señora canosa entallada en un vestido ajustado asoma la cabeza por la puerta, al mismo tiempo que da unas pequeñas palmadas
– Rosa pronto, el café-
María cierra la canilla, se seca las manos y agarra la jarra de vidrio, la apoya en un carro lleno de tazas y platos. Rosa abre la heladera y saca una torta de chocolate la apoya en el carro, deja el lemon pie. Agarra la torta de chocolate y la apoya en la mesada. Rosa toma de la heladera las frutillas. Con la mano izquierda sostiene una frutilla, mientras, en la mano derecha, el cuchillo rebana la fruta que al caer flota en el aire hasta desmayar en el chocolate. Se escucha un trueno que resplandece con su amarillo rayo en la ventana de la cocina. Ambas se asustan. La luz se corta. A oscuras, Rosa iluminada por la punta del cigarro, se mueve hasta palpar una caja vidriada, la abre y tira del interruptor. La luz vuelve. Un señor, con traje de corte fino, abre la puerta y deja pasar algunas risas, finales de chistes comunes y llantos de una niña que tiene en brazos. La puerta sostenida por la espalda del hombre que nunca acaba de ingresar en la cocina. Mirando los cachetitos colorados de la niña, el fino señor le hace una mueca
- Vos no tenes que asustarte, Rosa ya trajo la luz-
María, moderna, sonríe al instante. Rosa tarde unos segundos y deja escapar una mueca de formal agradecimiento.
-Cómo se dice?- (pregunta el hombre a la niña que ya dejó de llorar)
Un caer de botella en el comedor los interrumpe. El hombre y la niña se retiran, detrás de ellos, María, con un trapo amarillo, pasa al comedor.
La llama del encendedor de Rosa hace chispas pero no prende. María entra a la cocina con unos vidrios pequeños en vuelto en papeles, detrás de ella, el señor de traje fino entra con el culo de un vaso de vidrio y lo apoya en la mesada.
- fíjese Rosa que María está sangrando- (dice el hombre y se retira)
En el lavaplatos, el vaso roto, cae agua y caen pequeñas gotas de sangre del dedo de María.
Sentadas las dos. Rosa con el cigarro prendido. María mira en dirección hacia las ollas, que cuelgan de los sujetadores, arriba de una cocina sin hornallas. La luz suave, regulada. María mira el reflejo de su cara en una de las ollas. María mira el reflejo de su cara en una de las ollas. María mira el reflejo de su cara en una de las ollas. María mira su reflejo y ve el de Rosa. Se levanta Maria y va hacia la ventana alta, se sube arriba de la mesada, tira del picaporte. Cae la lluvia sobre la cara de María, asomada al pulmón del edificio.
La puerta se abre dejando entrar los sonidos de un piano y algunos aplausos descompaginados. Un cochecito blanco con una niña que duerme ingresan. Atrás, empujando el cochecito, la señora canosa. Sin gesto, y casi saliendo de la cocina, la señora la mira a María y dice:
- Rosa, me la cuida, que con tanto barullo no puede dormir-
Rosa busca el paquete de cigarrillo en su delantal, se levanta y sale por la otra puerta, la que da a la salida de servicio. María toma la nena en brazos y con sus labios besa suave y reiteradas veces el cuello de la niña, mientras la hamaca. Abre el agua y el vapor comienza a surgir. La mano de María acerca los dedos de la niña al agua caliente. La nena se despierta llorando. María la vuelve acostar en el cochecito rápidamente. La nena sigue llorando. Maria sale abriendo la puerta que da al comedor. Vuelve a entrar a la cocina con el hombre de traje fino por detrás. El hombre agarra a la niña en sus brazos y sale al comedor.

La única luz proviene del comedor que se encuentra en completo silencio y con la puerta abierta. Rosa saluda a María y sale por la puerta de servicio dejándola abierta. Dos bolsas de basura negra, en el medio de la cocina. María se acerca a las bolsas, le hace un nudo a cada una de ellas, y por el medio del nudo, mete su mano y las levanta haciendo fuerza. Sale, y al salir, una de las bolsas da contra la puerta, dejando a María encerrada en la oscuridad de la salida de servicio. La cocina limpia y vacía. Golpes en la puerta de servicio
Pantalla negra
Sobre los títulos se siguen escuchando golpes a la puerta de servicio y una interminable lluvia detrás.
Fin
servido por Damián
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