Categoría: poesia
Me divierto completando formularios.
Me encanta eso de apellido primero nombre después.
Decime: ¿quién sos?, en pocas palabras.
El otro día, en uno de los tantos formularios
Contesté:
Yo soy de mármol y tengo la prisa de los ciegos.
Me voy de poca cosa
como las patitas de una araña pollito que rasga el techo
Al finalizar el formulario, informé:
Es imposible descifrar el código mortuorio que llevamos adentro,
clavado como aguja de reloj.
Por supuesto
AL Festival no entré.
un espectáculo de compañía
GRAN TORO SENTADO
Margarita Roncarolo
Luz Lassizuk
Alejandro Berón Díaz
Domingos de noviembre 20:30hs
espacio Bianchi
Vera 1340
únicamente con reserva al 4854 – 1936
poetaslaverdaddelavida@yahoo.com.ar
Ella levantó la esquina para quitarle las alas a los murciélagos.Él mordió el cielo en un gesto de subversión.Los dos creían en lo tenebroso del empacho. Ambos conocían el
corazón de cristo dentro de las minúsculas.
Jugaban a rascarse el paraíso perdido entre los dientes.Como en todos los cuentos, igual que en los sentidoshay uno perverso, un dedal, un ojo donde se abanica el mal:
Olivar y calles de gérmenes, ahí se ubica nuestra historia. El olor, mmm... ¿cómo explicarlo? lo que hoy seria el olor a diva tísica, a Esculapio en la sala.
Él (vamos a darle vida) Gonzaga, que nada tenia que ver con el gran poeta del género amatorio portugués; si sabía el idioma, era sólo por su adicción a las tetas de la madre.
Gonzaga se reía como todos, pero su colmillo, única herencia del padre (aparte del bisturí con el cual operaba sus callos) causaba comezón. Gonzaga hablaba, pero lo necesario para pedir un café, o en sus noches de velatorios, leche fría.
Ella, la que levantó la esquina (no le pondremos nombre. Pero les juro, les juro por sus huesos presentes, que no es un brócoli) caminaba derecha siempre salvo cuando las esquinas, sin mas remedio, la obligaban a doblar. Por alguna estúpida razón creía en todo, menos en los ombligos (lo que no le valió ni un reclamo por parte de Gonzaga)Aun recuerda cuando su madre en su noche 1.500, le regalo aquel perfume de la bondad, arrebatado a un joven Vietnamita, mientras las bombas caían.
Ella era tan pura, tan adorable! Consolaba a las hormigas cuando los muchachos de su barrio le arrancaban las patitas de atrás.
Fue ese amor el que los unió, el amor a las piernas ortopédicas, a la falta.
Sería interesante hacer un racconto de las vicisitudes de la familia. Pero me niego a la perfumería narrativa. En mí un suicidio profundo si la trivialidad germina en este relato.
La carnevida con su esposa se volvió oscura... ¿gris, tal vez?
El océano afónico rugió una mañana chueca de domingo. Bajo un pasteurizado cielo, Gonzaga petrificado vio el florero colgado en la pared. El florero sin oreja atino un golpe en su ojo. Y pensar que solo era una sucia y amarillenta lamina.
Coloreado y dolorido Gonzaga pintó un cuadro.
¡Maldito vos!- Se escuchó el grito de ella en una sala desierta- Ahora te la pasas copulando anda a saber con qué acuarela, y lo peor de todo con qué marca! Con qué marca, eh!?- preguntó furiosa.
Mudo Gonzaga.
Los días no pasaron (luego chequeé esta información)
Ella, por primera vez en su fábula, sintió sin clima su cuerpo, ya no habría más lluvias de enero para su intestino delgado, ni tampoco aquel goce por la nieve que tanto le hacia falta a su muela cariada.
Como chancho (y digo como, porque ya sabemos que Gonzaga no lo era)
repito, como chancho se perfumaba de un azul azufre tan nítido, tan blasfemo, que las antorchas del pueblo se comenzaron a prender solas.
Pobre ella, tan hermosa. Contemplado Gonzaga en su acto pintoresco, ella sufrió un calambre en su pupila izquierda.
Él, ahora, en ausencia de ella, lo clítoriza todo, todo.
Ella, ahora, juega a ser ciega adentro de los espejos.
Ellos culparon las pérdidas de las perdices, a los oculistas.
Como en todos los cuentos, igual que en los sentidos
hay uno perverso, un dedal, un ojo donde se abanica el mal:
Sé como se da tu boca
a la sed
que danza en otro cuerpo
Sed de bailarina
de corista
que aplaude la muchedumbre
que grita como perro en celo
Sé la manera, la resolutiva decisión que tomas cuando otro negro corazón se te acerca mojado.
Sé Angélica (voy a llamarte Angélica) el entrecruzado de lenguas que te hacen un río de baba y te vuelan la cabeza (Qué sed Angélica! qué sed!) entregada y lista en plena noche. Plena noche. Vas vestida con ese culito aceituna que redondo que verde que poema y abrís la puerta y entrás danzarina como pocas. Y si tu caminar pasarela se te vuelve prisión para aquellos que osan no quedar dadá cuando la fiesta saliva tu nombre, para ellos tenés tus ojos de india, trillados y efectivos ojitos de india.
“acaso no es mejor abortar que ser estéril”
Samuel Beckett
Día a día voy olvidando la manera correcta
despertar
Un beso en la espalda
Una rueda de piedra
Estoy como diciembre
de la más triste primavera
Mi boca es un camión,
un camionero
que toca la bocina,
tirando de una soga,
que sale del culo de una mujer en bolas.
Voy con mi ombligo de aeroplano
con mi poca metáfora de mula
un gorrión
un pichón sin pelaje, a carne viva
hirviendo de muerte
boca sedienta, les viene como al hilo
No puedo escribir, no sé como escribir, me voy perdiendo por el hilo de la palabra y se me tiembla la mano. Extraño los logros. A la mañana cuando nos levantamos y al llegar a la escuela aparece con su vestido blanco y nos muerde los labios tiernos suaves de la más tierna carne de los 11 años. Me da miedo que se apague la noche me da miedo quedarme ahí adentro yo sólo quiero verme contento con el animo propio y no dejar de anestesiarme el paladar con tanto tembleque. Tengo un total desprecio por la palabra, ella (la palabra) sólo vale como el puente entre dos familias que se gritan de puerta en puerta preguntando quién fue la muerta. Tengo un total desprecio por la palabra como por mi padre, que vengo yo a sentarme al sofá, mejor dicho, a ese cuasimodo de algodón que hace de sillón. Prendo la tele y escucho al viejo zapatero de la calle Estrada cantar hasta agotarse, hasta enflaquecer, hasta hundírsele el pecho de tanto cantar jilguero, hasta convertirse en el imbécil que soy yo, y juntos, los dos, hueso a hueso, cantamos: “mañana por la mañana te espero Juana en el café te juro Juana que tengo ganas de verte de la cabeza al pie la punta del pie la rodilla la pantorrilla y el peroné te juro Juana que tengo ganas de verte de la punta al pie… y así vamos describiendo todas las partes del cuerpo hasta que el locutor televisivo, cansado, se pega un tiro en la cabeza y al caer la sangre roja por todo el decorado toma el micrófono un poeta, un poeta reconocido, un poeta facultativo, un poeta popular, un poeta joven, un poeta de los que hay muchos, un poeta que hasta podría ser yo, un poeta que soy yo. Entonces yo, poeta, tomo el micrófono en sangre y con voz ronca digo:
“Necesitamos más subsidios”
Aplaude de pie, de sangre entera aplaude la ciudad de buenos aires, los centros culturales, el M.A.L.BA, los independientes, los de boedo, los de flores, los belleza, los felicidad,las brandon,los eloisa,las guacha,los guachos,los muertos, todos aplauden al unísono, todas las sangres se dan la mano enchastradas de arte y decoran ese día con una plaqueta conmemorativa que sale más de quinientos trillones de millones de de de de de de de
dólares o poemas, que a esta altura son casi lo mismo.
no me voy a levantar,
es domingo
afuera el sol explota
despreocupado
cierro los ojos
